Columnas, Detective de las Pasiones / por Ronald Cabrera

Ronald Cabrera, detective de las pasiones

Mi tarjeta dice lo mismo que el título de esta columna. Me gusta presentarme así. Me encantaría decirles que soy un ex policía de investigaciones, pero no. La verdad, Ronald Cabrera -o sea yo-, descubrió que tenía un tremendo potencial de investigador privado el mismo día que comenzó a sospechar que la que fue su mujer por 4 años le era infiel. Algo que a cualquiera podría pasarle, ¿no? Y aunque las señales eran más bien evidentes (hacía el amor distinto, me evitaba el resto del día, no llegó a casa una noche, extraviaba su ropa interior), me embarqué en la travesía de hacerle ver que idiota del todo no era.
Así, la seguí un par de días, hasta que conseguí tomarle unas fotografías en un restaurante junto a un tipo quizá 10 años menor que yo y ella: un cabro chico musculoso que conoció en el gimnasio: todo era muy obvio, les dije. En fin. Se acabó. Dolió por un rato, pero ya pasó. Se acabó el matrimonio. No alcanzamos a tener hijos. No soy tan viejo. Lo que sí, me di cuenta de que haber crecido leyendo las novelas de Sherlock Holmes de mi abuelo y haber visto sagradamente Kojak con mi madre terminaron siendo mi verdadero entrenamiento. Solo tenía que perfeccionar los personajes y acomodarlos a un país como este.
Mi tarjeta dice “Ronald Cabrera, detective de las pasiones”, porque como me pasó a mí, estoy completamente seguro de que le debe pasar al 50% de Chile. La mitad del país tiene cuernos. El detalle es que gran parte de ellos prefieren hacerse los locos y otros pocos, son mis potenciales clientes.
Claramente no todos mis casos han sido sobre infidelidades -y se los iré comentando si nos vamos conociendo mejor- pero sí gran parte de ellos. Y me han convertido en un experto en el tema.
Reconocer una infidelidad, para Cabrera, detective privado, no es difícil. De hecho, en los últimos seis casos ha sido más o menos lo mismo. Me basta con que el cliente me enseñe las cuentas de su casa. El hombre o la mujer infiel tiende a consumir más de todo: 1) más productos de belleza, más cremas, más pastillas para adelgazar, porque quiere verse bien, porque mantener la atención de “el otro” o “la otra” siempre es más un desafío que cualquier cosa. 2) más televisión, porque evitan intimar o interactuar con mucho compromiso a un ser del que ya no sienten la atracción de los años pasados. 3) y esto es lo más importante, la cuenta del agua tiende a subir a las nubes. El infiel necesita bañarse constantemente, apenas llega a la casa. Y como la infidelidad lo hace sentir sucio, recurre a la ducha una y otra vez, a ver si con eso pudiera sentirse definitivamente limpio.
En fin, cuando me pidieron que contara en una columna mis experiencias como investigador de las pasiones, supe que alguien intuía que estas experiencias estaban cargadas de esas cosas que los seres humanos siempre hacen escondidos: desatar sus pasiones, darle rienda suelta a sus instintos, ir en busca de sus deseos. Todo aquello que se ha venido auto-prohibiendo con los años.
Si quieren saber más de ellas, les invito a que nos leamos mutuamente de aquí en adelante. Si, a su vez, quiere contratar mis servicios, ya lo sabe, mi nombre es Ronald Cabrera, y mi tarjeta, bueno… ya sabe lo que dice.

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