Columnas en Japi Blog

La envidia y la evaluación sexual

Jealously

Aunque  queremos tanto a nuestras amigas y nos alegramos sinceramente con sus logros y éxitos,  también podemos sentir envidia de ellas.  Yo no puedo evitar el sentirme culpable cuando me pasa eso, pero  he aprendido que la envidia no siempre tiene que ser algo negativo ya que incluso nos puede servir.  Así es cuando se trata de la envidia sexual.  Cuando nosotras las mujeres hablamos de sexo en un grupo de amigas, a menudo resulta que hay una que al parecer está gozando más que todas.  Comenta que con su marido tienen sexo casi todo los días y que disfrutan de probar nuevas prácticas y posiciones.  Todas la escuchamos con la boca abierta con una expresión entre sorpresa, orgullo y celos.  No podemos evitar el pensar inmediatamente en nuestra propia vida amorosa y hacer comparaciones.

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Buenas vibras: Testimonios

Secretos de mujeres que usan vibrador. ¿Se pasa muy, muy bien? Habla una casada satisfecha y una soltera feliz.

Basket o vibes

La casada

“Tengo dos vibradores, ambos regalos de mi marido. Uno me lo dio hace seis años y el otro, ahora último. Uno es rosado y blando. El otro es morado y parece una herradura. No me gusta que tengan forma humana, me da nervios. En estos seis años sé que la ventaja del vibrador es que nunca se va antes que tú, aunque las pilas fallan a veces. Lo uso sola y con mi marido. ¿Qué es mejor? Mmm, es distinto.

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¡Luz, cámara, acción!

voyeurn

Cierta vez, lo que era para ser un sexo básico se volvió una de las noches más excitantes. Mientras hacíamos el amor en la pieza, mi pololo se dio cuenta que nuestra cortina estaba un poco abierta. Él me dijo: ¿quieres que yo cierre la cortina? Sin pensar le dije: ¡no!

La verdad es que después de eso el sexo se volvió aún más rico, lo estábamos pasando muy bien, principalmente considerando la posibilidad que alguien nos estuviera mirando.

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El piso abajo

Goth girl in braLos gemidos de la vecina apenas me dejaban estudiar. Y cuando comenzó a crujir frenéticamente su cama, justo debajo de la mía, dejé definitivamente el Derecho Romano para más tarde.

Como toda noche de febrero en Santiago, el calor era insoportable y me puse apenas una delgada polera para estudiar más cómoda. Dejé las ventanas abiertas de mi departamento, para que la noche santiaguina se colara entre las cortinas y mi cuerpo. Tras constatar que la afortunada del 315 tendría una larga noche  placer y saltos, decidí apagar la luz para tratar de dormir un poco.

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