Las únicas veces que he sentido la necesidad impetuosa de bajarme un Jack en menos de un minuto es cuando suena Ricardo Montaner en la radio. No soporto su melosidad o más bien, creo, que sus canciones vuelven algo tan intenso como el amor en un chicle dulce que pierde rápido su sabor. Anoto esto mientras suena esa porquería de “En el último lugar del mundo” en la radio de algún vecino de acá, la oficina del Detective de las pasiones que soy yo.
Anoto esto mientras recuerdo, a su vez, un caso que tuve la semana pasada y que me metió en tremendo dilema. Supongamos que su nombre era Laura, como la de la canción esa “Laura no está, Laura se fue” que, siendo bien mala, tiene harto más cuerpo que cualquiera de esas mamonerías del chico Montaner. Ella se aproximaba inevitable a los 40 años, aunque sus rasgos de pelirroja la mantenían con una juventud imbatible. Vestía como todas las que llegan acá: sobrias, casi tapadas enteras, como musulmanas, y unos lentes oscuros que le cubrían la mitad de la cara.
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