Detective de las Pasiones en Japi Blog

Esa manoseada cosa llamada amor

Las únicas veces que he sentido la necesidad impetuosa de bajarme un Jack en menos de un minuto es cuando suena Ricardo Montaner en la radio. No soporto su melosidad o más bien, creo, que sus canciones vuelven algo tan intenso como el amor en un chicle dulce que pierde rápido su sabor. Anoto esto mientras suena esa porquería de “En el último lugar del mundo” en la radio de algún vecino de acá, la oficina del Detective de las pasiones que soy yo.

Anoto esto mientras recuerdo, a su vez, un caso que tuve la semana pasada y que me metió en tremendo dilema. Supongamos que su nombre era Laura, como la de la canción esa “Laura no está, Laura se fue” que, siendo bien mala, tiene harto más cuerpo que cualquiera de esas mamonerías del chico Montaner. Ella se aproximaba inevitable a los 40 años, aunque sus rasgos de pelirroja la mantenían con una juventud imbatible. Vestía como todas las que llegan acá: sobrias, casi tapadas enteras, como musulmanas, y unos lentes oscuros que le cubrían la mitad de la cara.
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Safari Sex (tercera parte y final)


Antes: Safari sex 1 / Safari sex 2

Algo había pasado en el cielo y los angelitos estaban asustados, cada uno con sus colitas forradas en colaless, acurrucaditos tras las sillas o bajos las mesas. En el centro de la escena, como un San Pedro furioso, estaba una vieja de unos sesenta años con una escopeta en sus brazos.

–¡Mirá vos, que venís para acá o te pego un tiro en mitad de la frente! –sí, la que hablaba era algo así como una cabrona a punto de asesinar a alguien. Y, Sí, al que le hablaban y al que eventualmente una bala podría quitarle la vida era yo.
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Safari Sex (segunda parte)

La historia viene de aquí:

Facundo, el remisero, decidió tomarse la noche libre. Así que se convirtió en algo así como un camarada de esgrima y me llevó –luego de comer una pizza gigante mientras me daba consejos e indicaciones– a un puticlub ubicado en una de esas avenidas grandes que tiene Buenos Aires que se diferencian en el nombre solo por el dígito una de la otra. En fin: sería la internacionalización de mi carrera sexual así que no podía dejar de sentirme algo nervioso (más…)

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Safari sex (primera parte)

Me tomé unas semanas de vacaciones. Si bien es cuestionable si trabajo tanto o no, necesitaba el descanso, colgar el abrigo de detective y la desconexión de la máquina moledora. Y la conexión con otras cosas.

Así fue como tomé un avión a Buenos Aires, con el fin de dejarme empapar con su cultura, sus libros, su fernet con Coca Cola, su tango, su bife de chorizo, y su ropa de factoría nacional. La verdad, me sorprendió que no estuviera tan barato como hace algunos años, cuando fui por primera vez, pero no puedo decir que lo pasé mal.
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Me toco a mí mismo

No tienen por qué saberlo, pero me estoy separando desde hace un año. Proceso complicado, complicadísimo, complicadisisisisímo. Tiendo a resolver casos de infidelidad, en los que algunos terminan en separaciones como la mía, sin embargo, la infidelidad nada tuvo que ver con mi situación actual. Otra historia.

El asunto es que hace un mes vino una pareja a la oficina y, como siempre, ella me pareció irresistible y él un idiota que me pagaría una fortuna por resolver un caso de los más extraños que me hayan tocado: sospechaba que su vecino espiaba a su mujer desde su casa. Me bastó ver, unos días más tarde, al tipo en cuestión para entender que se trataba de un adicto a la pornografía. Ya saben: calvo, en la medianía de los 40, andar tenso, anteojos de sol grandes, siempre muy abrigado y lo más evidente: siempre con las manos en los bolsillos, dispuesto a sacar una pequeña cámara de fotos muy sutilmente cada vez que una señorita linda se aproximaba.

Una tardé entré a la casa del fisgón, mientras él había salido en uno de los tours que siempre hacía a las 5 de la tarde, y no solo tenía una media docena de notebooks, si no también cámaras y una muy particular, en el borde de una ventana apuntando a la casa de sus vecinos. Confisqué unos videos que escondía en un cajón y no tardé en encontrar uno de su vecina: era un seguimiento de al menos un año, en ellos ella explotaba su sensualidad de forma descarada: se paseaba en bikini por su patio, junto a la piscina, usaba minifaldas infartantes, igual que sus escotes y blusas apretadas.   No sé qué más pasó, tomé fotografías y se las entregué a mis clientes, quienes apenas me pagaron, aproveché de comprar un Johnnie Walker Etiqueta Azúl más viejo que yo.

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