Con Visa para Follar: Japón

Edad: 30 (pero parecía de 19)

Calificación: 3.0

Como en la película (y en la novela) Bonsai, voy a partir este post por el final: él NO lo tenía chico. Dicho esto, rebobinemos y vamos al punto de partida.
Lo bueno de tener una fantasía sexual con un asiático es que no necesitas viajar hasta Asia para hacerla realidad. Ellos vienen hasta donde tú estés. Ellos están en todos lados. Los chinos, en Alonso Ovalle con San Diego, los coreanos, en cualquier edificio corporativo de LG y los japoneses, embobados frente a todo monumento histórico. El harakiri como forma de suicidio, algunas porno y harto manga XXX me hacían suponer que el sexo japonés debía se algo muy extremo. Me imaginaba algo muy higiénico y pulcro. Ninguna cochiná explícita pero, un torbellino de implosiones mentales internas.
La oportunidad de corroborarlo se dio cuando fui a Machu Picchu sola, a pasar una pena de amor. En el tren desde Cusco, me tocó al lado de un guapo nipón de peinado perfecto.
Caco, como es astuta, reparó rápidamente en una cosa: teníamos el mismo modelo de cámara fotográfica. Fingir incapacidad mental es un truco sucio, pero es el pase más rápido a la cama. Me quejé todo el viaje de mi nula capacidad para manejar mi nueva Canon EOS Rebel.
Resultado: un curso intensivo durante las dos horas de viaje, fotos juntos en la alturas incaicas y revolcón de vuelta, en el cinco estrellas de Aguas Calientes.


No sé si sería producto de la puna, pero una vez empelotas, nada fue lo que esperaba. Ratifiqué, eso sí, que el pirulín asiático es de un tamaño perfectamente normal, pero el problema fue que él no se mostraba interesado en utilizarlo y le daba preferencia a su lengua. Lo que hubiera sido perfecto de no ser por la escasez de fluidos. Faltó saliva. Mi novio del país del sol naciente tenía la boca seca. Todo fue demasiado áspero y problemas idiomáticos me impidieron expresarle alguna indicación que pudiera solucionar nuestros problemas de liquidez.
Lo más cercano a una implosión mental orgásmica, fue el persistente ardor en la entrepierna mientras revisaba mis fotos en el tren de regreso. Y no era que las fotos me calentaran, sino el efecto de una hora de fricción lengua seca nipona-clítoris apunado chilensis a más de 2.000 metros de altura.