Ganadores Concurso Japihistorias!

Ganadores Concurso Japihistorias

Primer lugar ganó un Gift Card de $100.000 en Japi Jane
La curiosidad mató al tigre, por Real Fénix

Primera vez en su cuarto semidesnudo y solo, mientras ella se daba una ducha. Yo ya había pasado por allí, me dijo que la esperara, que sus duchas eran largas, que se ponía muchas cremas y otras cosas que no sé qué eran. Pero soy tan curioso que no pude evitar comenzar a mirar más allá de lo evidente: me senté en la mullida cama y estire la mano para abrir el cajón de su velador…solo chucherías, un libro de autor desconocido, nada que saciara mi curiosidad. Entrar a los cajones de su cómoda era algo más complicado, desordenaría ropa que quizá me hicieran delatar. Así que me puse de pie, deslice una de las puertas de su closet, y en el cajón del medio encontré una cajita bastante linda. No era de zapatos ni nada conocido. La empuje un poco hacia mí y la destapé: unos frascos con un líquido transparente estaban por el lado y en el centro una bolsita de fina tela envolvía algo grande. Lo tomé y gran sorpresa fue la mía al ver que en su interior se encontraba un suculento y bien dotado consolador. Primera vez que estaba ante mí tal tipo de juguete. Me llamo la atención su textura tan natural y suave. Lo acerqué a mi nariz para ver si expelía algún aroma, pero fuera del normal olor a plástico no tenía otro.

Extrañamente estaba con una erección que mi bóxer no podía ocultar. Inmediatamente me imagine a mi amiga jugando con el consolador, disfrutando de intensos momentos. Mi curiosidad infantil inmediatamente trabajó y bajé mi bóxer para comparar tamaños. Lamentablemente este juguetito era algo más grande que yo, sobre todo en diámetro; en largo sólo ganaba por poquito. Luego recordé que en más de alguna oportunidad mientras me daban sexo oral pensé en qué se sentirá hacer eso a un hombre. No soy gay, pero soy pervertido, así que me lo acerque a la boca. Tímidamente mi lengua mojo la punta de dicho juguete y en un segundo toda la cabeza ya estaba en mi boca. Lo introduje algo más y simule hacer un fellatio: lo saqué de mi boca lentamente y me di cuenta que era bastante agradable,  y entendí en parte el placer de las mujeres al dedicarse a hacernos dicho trabajo.

En un segundo me sentí observado, como se siente en un ladrón pillado con las manos en la masa. ¡Detrás de mi estaba ella con tremendos ojos! roja, enfurecida, en bata…

Abrí la boca para explicar pero antes de decir algo ella grito por el cielo:

“¡Sal de aquí hueón!”

Agarré mis cositas y nunca más supe de ella.

Segundo lugar ganó un Gift Card de $50.000 en Japi Jane
Abuela en Casa, por Chaneitor

Estaba todo listo para lo que sería una tarde familiar con mi abuela y mi hermana. Era la abuela que me aceptó en su casa cuando me vine a estudiar, la mamá de mi mamá, la matriarca de la familia, la que con tesón y voluntad férrea, llevó a todos a ser hombres y mujeres de bien.

Venía a mi casa por primera vez desde mi matrimonio, todo estaba perfecto. El aseo impecable, la once lista, mi marido no estaba (había salido con los niños) y yo con muchas ganas de recibirla. Suena la puerta y cuando abro, la veo con sus 78 vigorosos años, saludando altiva y firme, rigurosamente vestida de negro como “corresponde” a una mujer en su estado, saludando con mirada comprensiva y cariñosa, pero firme y decidida.

Rápidamente la invité a conocer el departamento, pasó por la pieza de los niños, el living – comedor, alabó el color la distribución y entró a mi pieza. En ese minuto me doy cuenta que tengo mis bolitas anales (de esas clásicas con hilo y pelotitas) sobre mi velador. Claro, aprovechando que estaba sola había estado jugando y al lavarlas olvidé guardarlas.

Mi abuela me preguntó qué era eso, mi hermana me miró con cara de ahora sí que te quiero ver, y lo único que atiné a decir era que se trataba de unas cuentas orientales para meditar, por eso el color blanco y las pelotitas. Ella lo miró y el único comentario que hizo fue,” no me gustan esas cosas orientales”. Así quedó olvidado el incómodo momento.

Tomamos once, conversamos, reímos, recordamos buenos tiempos y las rabias que le hacíamos pasar, hasta que llegó la hora de despedirse. Agradeció educadamente, me felicitó por el departamento, lamentó no haber visto a los niños y se despidió de beso. Al hacerlo me dijo suavemente al oído, siga meditando mijita, aunque en mis tiempos esas cosas se hacían con las manos. No me quedó más que hundir la cara en el suelo mientras ella sonreía con cara de pícara y se despedía.