Reseña: Me amarró con el Sex & Mischief

Hay ciertos fetiches que uno va descubriendo de a poco, con el pasar del tiempo o el pasar de los amantes. Nunca pensaste que te gustarían las palmadas hasta que te dieron unas, o siempre te calentó vestirte de colegiala.

En mi caso, yo sabía que me gustaba el tema sadomasoquista. No así como en la tele o en las películas porno, pero unas esposas de vez en cuando, una tironeada de pelo… fetiches simples al fin y al cabo, igual eran parte de mis fantasías. Por eso cuando llegó el Sex & Mischief a la tienda, me motivé a probarlo.

Así que aquí estoy, contándoles sobre la primera vez que hice realidad uno de mis fetiches: ser amarrada a la cama. Y ser amarrada “profesionalmente”, con instrumentos, con aceites de masaje, con velas amenazantes en el velador.

Obvio que no fue llegar con el Bondage Kit a la casa y decirle a mi pololo “oye mi amor traje unas amarras para que me des duro sin mi consentimiento”. No. Le expliqué que me gustaría probar, que no sabía si le interesaba (“no me llama la atención”), pero que a mí me gustaría intentarlo. Él me dijo que nunca lo había probado y  “bueno ya” si a mí me tincaba, así que lo pusimos en la maleta para nuestro primer viaje juntos.

“La noche de las amarras” fue increíble, tal como me la imaginaba. El Sex & Mischief es fácil de usar: pasas las cuerdas por debajo de la cama, y tanto los tobillos como las muñecas quedan protegidos con una especie de terciopelo que los inmoviliza. Además, las correas están hechas de tal manera que puedes ir dándo o quitando movimiento a tu amante esclavizado con mucha facilidad.

Lo entretenido de mi experiencia es que mi pololo descubrió que tenía una vocación de “amo” bastante excitante, así que los dos la gozamos por igual. Porque si juntas las amarras con otros juguetes Japi Jane, puta… podís estar toda la noche haciendo una previa de dioses, provocando al otro, no necesariamente con dolor, también lo puedes hacer generándole la necesidad de soltarse y llevar a cabo el asunto. Lo rico de estar amarrada es perder el control, y confiar que el otro te va a hacer cosas ricas.

Al día siguiente lo intentamos al revés. Él fue amarrado y yo fui la “Doña”. No resultó,  me daba risa y me daban ganas de soltarlo todo el rato. Pero valió la pena dar vuelta la situación, porque siempre es bueno explorar los fetiches, inventar cosas, y así saber cuál es el límite del otro, qué está dispuesto a experimentar, y qué cosas simplemente lo aburren.

Si te tinca probarlo, acá hay más información.