Columnas / por Dolores M.

Sueño hot de una noche de verano

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Creo que fue en noviembre cuando comencé con esta amistad virtual, “L” él un tipo atractivo -un vecino de oficina- de un ex lugar de trabajo. Cuando renuncié a esa pega, amables el uno con el otro, nos dimos nuestros Facebook. Conectados al chat, de tímidos saludos, la amabilidad fluyó a un sorprendente estado de familiaridad… En semanas y luego meses, saltamos de tema en tema sin más lógica que la curiosidad por conocer lo que pensaba el otro sobre temas peliagudos. “L” es un tipo gentil, dueño de un brillante sentido del humor, pero a ratos, asumí que veníamos de mundos completamente diferentes. Con el tiempo, mi percepción cambió, era como si ambos hubiésemos crecido en la misma casa.

De tanto en tanto, yo hablaba con él, y así mataba el tiempo en la espera de la edición de un texto o mientras apuraba un café. Él también estaba inmerso en su trabajo, esas conversaciones parecían un respiro en medio de tanta “pega”.

Repasamos tanto nuestras vidas, que fuimos perdiendo el pudor. Nos confesamos sobre nuestras parejas, el amor, la literatura y el sexo. ¿Se puede evitar sentir atracción por otras personas? ¿Eres feliz? Y de nuevo a las preguntas sobre sexo. ¿Tienes alguna perversión? ¿Qué te parece el bondage? ¿Y los disfraces? ¿Los juguetes en la cama? Lo interrogué para apretar cada uno de sus botones.

Nos preguntábamos cosas, nos respondíamos riéndonos, discutiendo y volviendo a reír. A veces, frente el computador quedé roja de rabia frente algunas de sus opiniones. Furiosa y excitada al mismo tiempo, eso sí. No sé en que momento se mezcló la información y el cableado en mi inconsciente que ya estaba participando de mi deseo perentorio, y se mostró clarísimo en lo onírico. El sueño que me regaló una epifanía: yo estaba gobernada por mi calentura.

Puede ser probablemente cuando le di la tremenda lata con los beneficios de mi clase de yoga, qué las posturas y el pranayama. “L”, ya me había comentado que su familia era del sur. Creo que ahí estuvo la raíz de los dos elementos del sueño erótico con este hombre. (Gracias Morfeo).

“L” aparecía en mi clase de yoga semidesnudo, sin más que un mat cruzado en su pecho. Al ritmo zumbante del gong, empezaba una orgía que yo presenciaba ansiosa, con el cuerpo templado.

El escenario era la sala de yoga. Había un grupo de mujeres al lado de él, y “L” pasaba de una a otra alumna sin más que un apetito sexual muy voraz. Masajeaba los hombros de una mujer morena, luego se instalaba detrás de otra mujer, sus manos en el cuello, los senos, cintura, caderas, culo. Su cuerpo desnudo – el que imagino firme- fue atacado por felaciones fervientes de dos chicas. Después lo veía pasar a una trigueña que sodomizaba mientras la jalaba del pelo. Yo sólo quería que llegara mi turno, pero eso no se lo conté, el sueño sí o la mitad de él, no estaba dispuesta a reprimirme, sólo hasta cierto punto. Para mi sorpresa, cuando le conté el sueño, le gustó bastante, a mí me gustó que le gustara.

El final, el remate lo guardé para mí. Acto seguido, yo era una espectadora distante y taciturna.Recuerdo que miraba como embestía por detrás a otra trigueña, deseaba ser ella por supuesto, hasta que “L”, en el sueño, me regaló una de sus tantas miradas profundas (que tiene en la vida real). Me clavaba sus ojos que parecían preguntar ¿quieres jugar? Yo comenzaba a tocarme. No sería capaz de soportar un segundo más de espera.

En la secuencia que seguía en el sueño, en cosa de segundos, un hombre sin rostro estaba encima mío, yo abría y cerraba los ojos confusa e inconexa, hasta que aparecía la cara de “L”, quien perdía toda compostura y se transformaba en un animal que buscaba aparearse. “L” me metía el dedo pulgar a la boca que yo succionaba con fuerza, me inmovilizaba el muslo con el cuerpo, con la mano que le quedaba libre, tomaba mis dos brazos y los doblaba hacia arriba. En otro abrir y cerrar de ojos, ahora el escenario ya no era la sala de yoga, era un granero en medio del campo, nadie podía vernos ni oírnos. El sueño era vívido.

Recuerdo que estaba tumbada de espaldas y que mis piernas espoleaban sus glúteos, su rostro aplastaba el mío, sentí su aliento en mi cuello, todo era real. “L” quitaba sus dedos humedecidos de mi boca y no dejaba cavidad sin rozar, ni abrir, humedecer, tampoco dejó parte de mi cuerpo sin lamer y dilataba el placer, cruel, como a veces sólo él puede ser. De algún modo, él me aprontaba, venía lo mejor.

Desde entonces, recuerdo los altos que él hacía para mirar lo que descubría con sus dedos de relojero. También hubo susurros, contoneos, mordiscos. L me giraba a a su antojo y yo recibía embestidas fuertes, pero que yo le pedía a gritos. Los “Sí, sí, sí” se me escaparon a mansalva porque él me leía a la perfección. En mi sueño, tiramos como dos frenéticos.

Tuve un orgasmo que se extendió hasta que desperté recogida con un incendio entre las piernas, enrollada entre las sábanas blancas, empapada, con la mano en la boca, como si aún pudiera percibir su sabor. Yo quería más y hasta lo busqué despierta. Sentí un estado de ingravidez y mi cuerpo vaciado. Abrí los ojos, preguntándome si no habría gritado su nombre y molesta porque el no follar con él me estaba pasando la cuenta. Y esa sensación, finalmente, es la bomba de tiempo que hoy me acompaña.Confieso que tuve sueños eróticos, con famosos, mujeres, con hombres guapos -y otros repugnantes- que nunca conocí. Eso si, nunca tuve uno tan real y tangible, tan real como ese despeñadero al que me dirijo… No me importa, me conecto al chat.

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